La luna fue
nuestra clepsidra: un círculo vacío que se iba llenando lentamente para
recordarnos el tiempo que nos quedaba juntos. Poco a poco, aquel círculo mágico
se completó; brillante y blanca, la perla del cielo anunció en todo su
esplendor el fin del sueño. Todo había terminado.
Mientras la
luna iluminaba el firmamento, yo regresaba a la oscuridad más profunda. Un
lugar donde ya no quedaban lunas, ni soles anaranjados que calentaran arenas
ardientes e infinitas, ni embarcaderos bañados por agua fresca que señalaran el
camino a casa. Solo oscuridad. Vuelvo a las tinieblas donde no existen los
sueños, donde no hay días ni noches; tan solo el vago reflejo de una existencia
que fue, que sintió, que vivió y que amó... y que ahora es solo un espectro
hueco incapaz de albergar luz alguna.
En los
resquicios de lo que alguna vez fue un alma inquieta, vibrante y libre, resuena
de vez en cuando un hilo de voz lejano, ahogado en llanto: —Tengo que volver a
casa.
Unas manos
fantasmales sostienen un blíster. Extraen una pastilla y la contemplan en la
palma de la mano: es blanca, redonda y lo único que brilla en la penumbra,
igual que la luna.
—No queda
nada aquí —susurré—. ¿Podrás llevarme tú a casa?
—No
—respondió aquella pequeña luna artificial y envenenada—, pero puedo ayudarte a
que la olvides. Así no la echarás de menos. Terminaré con tu melancolía, con
todo lo que añoras, y encontrarás la calma en esta oscuridad.
—¿Y no habrá
nada que duela, pequeña luna artificial?
—La nada no
duele, pequeña amiga. Duelen los recuerdos, las heridas, la nostalgia, las
ausencias, las traiciones y los miedos... pero no la nada.
—¿Desaparecerá
mi casa y todos los recuerdos que le he ganado al tiempo?
—Sí, mi
niña. A cambio, no sufrirás y volverás a ellos cuando todo acabe; cuando lo que
quede de ti se funda para siempre con aquella tierra que siempre has amado.
—¿Serás mi
luna cada noche hasta que todo termine?
—Lo seré.
Tú, a cambio, me darás tus sueños, tus ilusiones, tu risa y tu corazón, que
latirá más lento. Y cuando llegue el momento, ya no me necesitarás; entonces
volverá la luz y regresarás a casa.
Temblando,
acerqué aquella pequeña luna a mi boca y la tragué, permitiendo que comenzara a
orbitar en mi interior para que se llevara todo lo que le había entregado. Me
senté en la oscuridad y, simplemente, esperé. Esperé a la luz, a la barca y al
embarcadero del otro lado del río. Esperé a las sonrisas y a los brazos abiertos.
Esperé, simplemente, el momento de regresar a casa.
